Cuento corto de la bohemia quiteña: el aroma del whisky con sabor a mujer y pecado.

Tomás se había separado ya dos años de la madre de su hijo (Matheo de 5 años), la llevaba mal con la mujer porque todo terminó en los juzgados y con juicios, para colmo de males perdió su empleo en el último año de la "Revolución Ciudadana" cuando la empresa donde era gerente de marketing cerró sus puertas por las trabas arancelarias e impuestos del gobierno. A sus 40 años se fuma los pocos cigarros que aún conserva de los viajes al exterior como quien recuerda en los aromas y el humo los sabores de La Habana, Caracas y Panamá, lugares donde su profesión lo llevó en busca de nuevos negocios.

Se ha dejado la barba ya un mes sin afeitar, aparecen las primeras canas síntoma del proceso de madurez (física), anque sigue siendo adolescente en sus comportamientos -ya lo dijo su ex mujer cuando lo acusó de inmaduro- pues no controla sus sentimientos y se deja llevar por las pasiones de su ser latino descendiente directo de los moros y españoles del siglo 18. Sus ancestros llegaron de España al ser expulsados en la diáspora de los reyes católicos allá por 1500 cuando las américas se abrian al mundo; con descendencia judío-sefardita sus tataratas abuelos echaron raíces por estas tierras. Conquistadores mujeriegos, machistas y de la buena jarana, en sus genes aún le pesa el ancestro. Con su casi 1' 80 es de altura mayor al promedio de ecuatorianos y sus ojos miel intenso contrastan con la piel curtida por el sol casi tostada y su pelo oscuro medio ensortijado -siempre imaginó que algún antepasado debió embarazar una mulata caribeña de curvas deliciosas sonrisa blanca y pasión en sus muslos, que mezclaron la sangre europea con la américa morena- que lo hacían un varón interesante para las féminas de esta época.



Escritor y literato frustrado su padre lo obligó -esa era la costumbre- a estudiar una profesión digna de réditos económicos porque "de las letras nadie vive" sentenciaba el viejo. El marketing le venía bien y sabía hacerlo, pero en sus ratos libres escribía y consumía textos de los clásicos de la literatura y poesía. Victor Hugo, Neruda, Miller, Hemingway, Benedetti o Saramago; alimentaban sus sueños mojados de aventuras. Recorría las noches quiteñas ahora menos frías por el calor de la ola migratoria de colombianos y venezolanos que le daban a la noche ese "no se que" que salpican los caribeños al hablar y sentir, porque le latía en las venas sus ancestros y hervía la sangre solo al escuchar su acento cantado. Un par de whiskys en las rocas lo ponían en onda para abordar a las trabajadoras del oficio más antiguo del mundo, porque a pesar de ser un tipo atractivo le costaba relacionarse con el género femenino pues como le dijo alguna vez su abuela de origen andino -de indio y mandingo tenemos todos- tus raíces te marcan.

En la barra de un bar de medio pelo entre el humo del cigarrillo y el sexo de alquiler interpretaba las risas y movimientos de aquellas mujeres que mostraban sus blancos dientes pero que eran como lobos y hienas, rien para ocultar su odio reprimido. La situación para todas era la necesidad de llevar un bocado de pan a casa, una vida miserable en los tugurios capitalinos o mandar unos cuantos dólares a sus familias, que alimentan a los hijos que dejaron en Cali, Medellín o Caracas. Un cliente que deje 30 dólares en una noche es buen dinero si comparan con sus compatriotas q venden cigarillos o jugos en las esquinas de cualquier avenida del Ecuador -el dólar atrae a miles de extranjeros que se ocupan en oficios difíciles por unos pocos reales- entonces hay que seducir al Sr. dólar con sus encantos femeninos.

Hace meses que no probaba las delicias del sexo sin amor y el amor sin sexo, libidinoso desde muchacho no podía controlar su impúdicos deseos de mojarse entre los muslos de estas mujeres para matar así sus odios reprimidos por la vida que llevaba. Pensó por un momento que los 20 o 30 dólares del encuentro podría gastarse en una pizza o restaurante,  entonces para sus adentros -a la mierda todo, la vida hay que vivirla- se enganchó con una Valenciana de 26 años de un metro 75, unos 60 kilos, pechos ergidos inmenos, caderas anchas y cintura de botella; era realmente una caballota y entabló un primer diálogo. "Hola soy Tomás" le habló directo a esos ojos color capulí que al verlo sonrió coqueta rompiendo la distancia cultural y física. Una hora de charlas fascinantes endulzaron a la Chama que no había escuchado a un hombre hablarle tan bonito y con tanta cultura, que por un momento pensó que era una chica normal -no podía darse el lujo de enamorarse en un país lejano si el padre de su hijo sigue en Valencia y la llama todos los días- regresó a su realidad y lo llevó a la pista de baile donde ella mandaba -sus movimientos sensuales con las caderas al aire- pues a ritmo de salsa y merengue el indio ecuatoriano como llamaban las Llaneras a los nativos de estas tierras podrá caer rendido. Pues no se equivocó porque seducido por la sensualidad Tomás con unos tragos encima se avalanzó sobre ella y la acorraló contra la pared besando cada centímetro de su bello rostro y acariciando su azabache pelo tan lacio y perfecto que parecía peluca de muñeca. Se mojó tan rápido que el jean dejó huellas de sexualidad que la mujer sintió la virilidad entre sus piernas, puso distancia y exclamó: "Ya va chico...Vale chamo aquí no... vamos pa' otro lado pues". Entonces Tomás recordó por un momento las letras de Benedetti en "El lado Oscuro del Corazón" una película argentina basada en los poemas del uruguayo en cuya historia un escritor frustrado sin empleo se enamora de una puta del cabaret más sórdido de Buenos Aires: "No te quedes sin labios, no te duermas sin sueño, no te pienses sin sangre, no te juzgues sin tiempo."  Leonela no entendió el comportamiento de Tomás pero le atrajo esa forma de seducirla entre salvaje y cortez, entre burdo y galán; hace meses desde que llegó a Quito no entablaba relación con un ser así. Eran de dos mundos radicalmente opuestos pero atrayentes, pues mientras él con título profesional y dos maestrías era culto, educado, refinado -un sifrino- como dicen en Venezuela- ella apenas terminó el Liceo y se embarazó de su novio siendo madre a los 20 años, no conocía de la vida y del mundo más que Chávez y su revolución, solo de hambre, necesidad y violencia, le arrancaron su patria, familia y costumbres en una éxodo como los judíos en los años 40.  Vino a Ecuador en busca de reales para mandar a la familia, pues 10 dólares a la semana eran para ellos una millonada de bolívares que, a pesar de la escasez y pobreza servían para la comida, la escuela del niño y un pequeño capricho familiar como una gaseosa -un lujo en la economía de Maduro- que engañaban al dolor de los suyos al saber del oficio de su pequeña Leonela. 


Tomás creyó ilusionarse de esta chama y la frecuentó por varias semanas, entre un café y otra salida aquí o allá, sentía la distancia que ponen las mujeres cuando no quieren comprometer un ápice de sentimientos. Pero la marihuana los unía en esos instantes donde ambos parecían del mismo lugar, misma clase social y misma cultura, pues entre los efectos del canabis -dimensión de las emociones reprimidas- ambos desnudaban sus miserias humanas y se consolaban sin tocarse un centímetro físico, sino al acariciar sus pobres almas atormentadas cada una en su drama personal.  Fumarse un porro de vez en cuando nos relaja y abre la mente -decía Loenela para jusificar su huída de la cruel realidad que vive- mientras se reía a carcajadas con Tomás quien volaba sin alas junto a su negra.

Con el tiempo entendió estar una dimensión muy arriba de la Chama y que quizás ella no estaba preparada para dar ese salto -cuántico según la moda actual- que la libere de su carente vida de sentimientos, recursos y placeres. Tomás se negaba a dejar a Leonela porque se aferraba a un afecto inexistente, pues se auto-engañaba imaginando que la sacaría de la pobreza se casaría tendria hijos, serían felices y comerían perdices. Pero los cuentos de hadas son solo eso, ilusiones y fantasías, la realidad es dura y fria como la calle, mas lo asaltaba sus memorias literias y pensaba en Henry Miller y su "Trópcio de Capricornio" la sórdida historia de su mujer June y su amante Anaís Nim en la Europa de los 30´ donde pesaba más la luguria, el sexo desenfrenado, el hachís y el champagne. La mezcla de realidades y ficciones provocaba en él, crisis existenciales que duraban semanas, pero que a golpes de desilusión marcaban su corazón a otro ritmo.

Leonela marcó distancias y se aferró a su miseria y su geto venezolano porque entre los descamisados del mundo se lleva mejor la pobreza que subiendo al nivel de los sifrinos. Por fin a la cansada Tomás entendió la realidad de la sociedad líquida y la fragilidad de los vínculos humanos.











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