La nueva princesa de Oriente, nos recuerda Alf Layla wa-Layla y a Scheherezade, en la joven doncella de Arabia

Eman la creyente, la bondadosa, la princesa de los Cuentos de miles de noches, ha bajado a la tierra para recordar a los mortales que el paraíso si existe, dicen los ancianos de la tribu, que es lo más sublime y celestial que ha enviado nuestro señor Allahu el magnifico. 

Como la leyenda de Scheherezade la joven princesa de Arabia, Eman es tan hermosa como la creación de Dios, llena de virtudes y cualidades casi perfecta, se ha personificado en la humanidad de una mujer de carne y hueso.

Tan bella y hermosa como en los cuentos de ألف ليلة وليلة‎, Alf layla wa-layla su piel tersa, su rostro perfecto dibujado de la mano de Dios con  la delicadeza de lo bello, de lo estéticamente extraordinario Eman personifica a la grandiosidad del cielo en la tierra.

Era vista por los mortales como una enviada de Allahu, majestuosa e imponente, su cabellera larga de un negro azabache resaltaba con su blancura resplandeciente como un halo de luz, como la que ilumina la luna de oriente camino a la Meca.

Sus ojos eran unas perlas negras luminosas como las aceitunas mediterráneas y así de encantadoras, que quemaban a quien se atreviera a verla con malos ojos de deseo. Era la mirada divina y encantadora que podía hechizar a cualquier hombre de nación más poderosa o lejana de este lado del mundo, por lo tanto inalcanzable para un mortal cualquiera y más aún un infiel. 

El porte de dama y gran señora imponía respeto y presencia cada vez que pisaba, se aplacaba el mal y se suavizaba la tierra como si fuera un soplo divino. Sus mayores joyas y brillantes no estaban en sus manos, ni en sus brazos, ni colgaban de su perfecto cuello, eran invisibles a los ojos mundanos.

Recorrió miles de kilómetros para impartir la fe del profeta y la Shari'ah pero con nuevas herramientas mas allá de sus lecturas y el Corán. Sus nuevos métodos era la comunicación y  su lenguaje de las nuevas tecnologías, lo que la hacían más grande.

Llegó por la ruta de la Seda, rodeada de su esplendor de Princesa y su séquito de ángeles que la protegen del mal y los malvados que asechan el camino, esta vez no como sus antecesores en camello o mulas, sino como los grandes seres del cielo, voló en su inmensa alfombra y  su tapices persas, se volanteaban con el viento y su velo cubría su bello rostro del viento, la brisa y el frio de las noches. Nada ni nadie puede tocar el rostro de la Princesa, ni siquiera el viento y su poderoso soplo, solo Dios el magnífico tiene ese privilegio porque es su enviada.

La luna celosa, la mira desde las estrellas escondida entre las nubes y de vez en cuando oscurece el mundo para confundir a la doncella, pero Dios abre sus ojos para iluminar a Eman, mientras recorre sigilosa la noche y el día.

Así pasan las 100 y una noches como el cuento de Scheherezade recordando la grandeza de Allahu por estas tierras del extremo oriente, en una lengua y cultura ajena a sus dominios, pero que está bendecida por el más Grande  الله أكبر.

Ahora la encantadora joven doncella como una alhaja, brilla más que el oro y las perlas con su exquisitez, encanto y donaire que impone respeto y admiración entre los varones. Pero el celo de su género pone en duda su luminosidad, pues ninguna de ellas brilla como la "enviada" de Dios, porque carecen de su dulzura al hablar, sus rostros han envejecido por la envidia de sus gestos y las aleja más de la virtud.











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