Se llaman Yuraini, Aksa, Oxalide, pero son nuestras Marías, Rosas o Victorias; las nuevas trabajadoras del barrio.

Por la noche cuando el frío quiteño golpea nuestra cara con ese ventarrón del verano, muchos por lo general acuden a la tienda del barrio o la panadería de la esquina, para llevar el pan nuestro de cada día y nos encontramos en la caja o la atención al público del mostrador unas mulaticas guapas de ojos vivaces, sonrisa amable y unos dientes tan blancos como la luna que alumbra la ciudad por estas fechas, la mayoría no llegan a los 30 años. 

Su acento cantadito caribeño tan dulce, alegre y musical como la melodia de su cultura, nos llama la atención para algunos y la indiferencia de otros compradores que se limitam a preguntar: "Cuanto es".  Se trata del nuevo ejército de proletarios que llamaba Carlos Marx en su famoso libro El Capital, la biblia de los socialistas del siglo 20 y quizás de los revolucionarios del llamado siglo 21; el mismo escenario me encuentro en cualquier  cafetería o  restaurante de la ciudad y seguro el panorma se repite en todo el Ecuador.

Mientras almuerzo un día cualquiera, logro conversar unos cortos momentos con una de ellas, se llama Yuleixy es de Valencia, otrora capital industrial de Venezuela donde las grandes transnacionales como GM, Toyota o Ford, daban empleo a miles y miles allá por los 70 y 80. Monumentales complejos industriales que alguna vez conocí en uno de mis viajes por el continente  que para esa época ensamblaban la mayoría de autos que se comercializaban en la región. Era la próspera y petrolera patria llanera de Bolívar. Ahora han cerrado las fábricas y Yuleixy me cuenta sonreida que su abuelo trabajó allí como un alto ejecutivo; hoy solo quedan las fotos y uno que otro diploma y reconocimiento; enfermo sin su pensión jubilar que recibe porque el gobienro popular de Maduro "congelo sus ahorros" no pudo emigrar con sus nietos e hijos. 



Yuleixy apenas tiene 25 años y llegó como casi todos sus compatriotas tras una travesía de 9 días, entre camiones, buses y largos trechos a pie (centenas de kilómetros), entre Cucuta, Bogotá, Cali y Rumichaca; salió con los puesto y apenas una mochila de ropa cargada de recuerdos, penas y sufrimentos, pero con con su frente en alto y su característica gorra de la "Patria", que la popularizó el líder de la oposición Enrique Capriles en sus mitines. Yuleixy es una mulata color canela con su larga cabellera de pelo risado como salida del gabinete de un negro asabache que le cubre su espalda; su rostro es terso de ojos profundos y brillantes como un capulí, tiene junto a su boca un lunar como dibujado de pincel que la hace muy atractiva. Mientras me sirve un plato de comida y limpia la mesa, me habla contenta de que por lo menos logró encontrar trabajo de mesera en un restaurante modesto donde labora 10 horas al día incluyendo el sábado de 8 de la mañana a 9 de la noche. Recibe 10 dólares diarios, sin contrato, ni afiliación al seguro social, ni los beneficios de la ley ecuatoriana: "No importa, igual estoy feliz porque allá ganaba 10 dólares al mes y no podía comer todos los dias, jajaja, así que aquí igual estoy mejor que allá". Es consciente de su explotación laboral pero es eso, a no tener nada para comer y con mucha suerte guardar unos 20 dólares al mes para mandar a su anciando abuelo a que pueda susbsitir. A pesar de la dureza de su vida, sin familia, con tristezas en el alma y unos cuantos centavos para el pan diario, no pierde la alegría por vivir y esa sonrisa que les hace especiales a estas mujeres que a pesar de todo, no reniegan de su país ni del gobierno, prefieren reirse de su drama y hasta hacen chistes con ello.

"El otro día un policía nos quitó unos cartones de cigarros Belmot, que nosotros consumimos mucho allá y con dos amigos nos trajimos de contrabando para venderlos aquí en la calle, porque los nuestros lo prefieren al de ustedes, por lo menos el humo sabe a Venezuela, jajajaja". El polícia un mal elemento que siempre sobran entre los agentes de seguridad quizás en todo el mundo, no solo que les robó lo confiscado sino que lo repartió entre otros agentes y los vendieron a sus compañeros, pero sabe que era parte del riesgo comenta sonriente.

Termino mi agradable charla con la muchacha y quedo en regresar al día siguiente para continuar nuestra conversación, pero siento que el almuerzo me supo agridulce, no por el condimento sino por la historia detrás. Mientras camino de regreso la memoria me transporta a los noventa e inicios de los dos mil, cuando las empleadas domésticas y los dependientes de las tiendas o panaderías eran María, Carmen, José o Lucho, nombres comunes en Quito, Guayaquil y otras ciudades; esos desfavorecidos de la sociedad que apenas terminaron el bachillerato y lograron un trabajito modesto de empleados de sueldo básico que eran fáciles de reconocer por su origen humilde sus apellidos muchas veces indígenas y de facciones  duras como nuestra cultura andina. En esa época nadie se fijaba en ellos por el contrario, era "normalmente y socialmente aceptado".

Hoy los roles cambiaron y surgen los nuevos desplazados de la sociedad líquida que nos habla el filósofo polaco Zygmunt Bauman en su obra "El Amor Líquido", en la que describe la nueva realidad del tejido social donde todo es descartable, efímero, sin consistencia, no duradero, insensible y hasta deshumanizado. Veo con sorpresa comentarios xenófobos, racistas y hasta Chauvinistas (Nicolás Chauvin, patriota francés del siglo 19 época napoleónica), criticando a quienes contratan venezolanos o quienes cuestionan a la autoridad que en las calles se vea decenas de ellos pidiendo limosna o caridad. 

Entonces reconzco sin sorpresa y con pena, que seguimos anclados en los paradigmas sociales de antaño con las taras de las sociedades que no aprendieron de su propia historia y nos hundimos en nuestras propias miserias humanas. Cada mañana me veo al espejo y al lavarme la cara trato de limpiar mis temores, complejos y mesquindades para salir agradeciendo a Dios por la vida, la salud y lo que aprendo cada día: que aún soy egoísta, imperfecto pero humano, no menos  que Yuleixy, Oxalide o  Yuraini. 










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