La bella Brujilda y el solitario Lord: cuentos cortos de desamor y desarraigo.
La franqueza era una de sus virtudes y es mejor en la vida decir lo que se piensa en el momento adecuado, aunque el otro no siempre lo asimile instantáneamente, en el fondo de su corazón desde que la conoció supo que llegaría ese día y esa hora.
Pasaron por su memoria todas las imágenes desde el primer instante en que la conoció semanas atrás. Aquella tarde al entrar por primera vez a su vida, tropezó con su mirada y esos ojos lo encandilaron, había algo incompresible en ese rostro tan bello como la esmeralda, que en su blancura irradiaba el aura de tal forma que no vio nada más a su alrededor.
Cada semana de los últimos tres meses se convirtieron en una fugaz visita de segundos frente a la registradora tan solo para mirarla como adolescente que babea por la nueva niña de la escuela.
“Buenas tardes vecino que le doy”, lo recibía con ese acento caribeño tan cantado que sonaba como música para sus oídos y en su interior se decía en silencio: “Me basta con un beso tuyo”. El apenas sonrió para devolver el gesto de cortesía, buscaba cualquier artículo pues era solo un pretexto para verla por una micro partícula de tiempo que parecieron el mejor tiempo vivido del día.
Su cálida conversación por instantes lo arruyaba en su confusión emocional y lograba desembarcarse del drama personal que vivía con el desamor de su hija, que desde muy lejanas tierras había decidido olvidar a su padre por recomendación de su ex esposa.
Recordaba la conversación vísperas de san valentín, cuando la muchacha le preguntó si festejaría con alguien en particular; su respuesta fue real: "No tengo pareja y no deseo salir con nadie la verdad". Ella en su alegría natural le recomendó que saliera a tomarse unas cervezas aunque sea con amigos, más él sabía que en su soledad y aislamiento eso no pasaría; eran años sin pareja y el amor lo había golpeado con dureza y su corazón cansado de golpes y desventuras lo traicionaba casi siempre.
Día a día aquella alegría que crecía en su interior lo iba sorprendiendo porque no explicaba como a sus 45 años una muchachita menor de 30 podía mover sus simientos más sólidos con apenas sonreir, vino entonces a su mente aquella frase lapidaria de Julio Cortázar.
Entonces sintió un miedo que recorrió la espalda y sus manos sudaron frío, esa sensación que te da cuando no tienes el control de algo y no sabes si será para bien o mal; tuvo la valentía y le pidió su telélefono para comunicarse como ahora se convierten las relaciones humanas: digitales, efímeras, con instantáneas, whatsapp y emojis. Descubrió que era enfermera de profesión pero que aún no ejercía plenamente desde que llegó al país y entonces el decidió buscarle una opción con sus contactos y amistades. El moría de ganas por pedirle que sea su enfermera personal y sanará su corazón con sonrisas y palabras dulces para curar laceraciones de los últimos años.
Criado a la vieja ultranza con modales de un Lord inglés, con cartas de amor, citas formales y demás convencionalismos, para la era millenials eso pertenecía al pasado; tuvo que rediseñar su comprtamiento: a él le gustaba ella a la antigua es decir de verdad, para un todo y no para un rato, para los días lluviosos y los de primavera, en las penas y alegrías, en la fila del bus o en el asiento de su coche.
Sus dos luceros eran la razón de vivir y por ellos aguantaba largas jornadas de trabajo de hasta 12 horas, muchas sin comer pero así se empieza una vida en un país extraño, mas aún si el padre de las criaturas había decidido montar carpa en otro campamento desde hace meses.
Con el desamor a cuestas y la lucha diaria le arrancaba los céntimos al sueldo que siempre era corto para sus necesidades, pero allí estaba su "Grandote" , un paisano que apareció en su vida justo el momento en que más lo necesitaba. Sola en una cultura extraña, salió de su último trabajo separada del progenitor de sus hijos, mientras su padre muy enfermo agonizaba lejos de allí. Manu como lo llamaba ella, fue la mano de Dios que la sostuvo en la muerte de su hombre más amado, de quien no pudo despedirse porque ni teléfono tuvo aquel triste día que se fue de la mano de Dios al paraíso, a miles de miles de kilómetros de este frío país.
Con sangre italiana en las venas por su madre, esta mujer de un metro setenta y cinco de grandes curvas, hermosos senos, blanca como los sicilianos o de la region de Calabria, su temperamento y personalidad hablaban de su ancestro. Por eso sus dos vástagos eran de facciones finas y refinadas como verdaderos italianos el uno moreno guapo de ojos oscursos, sonrisa amplia y vivaz, en cambio el más pequeño era un rubio mantequilla como los lombardos del norte italiano ojos azul cielo y risueño, era el más parecido a mamá mientras que el mayor a su padre.
Con el pasar de los días él se hizo necesario para ella y ella para él imprescidible; cada noche que terminaba su jornada la esperaba a metros de distancia para llevarla a casa y no recorrer las frias y viejas calles en autobus, fue justo una noche gélida y tumultuosa que decidió acompañar a su Nena como le decía de cariño, al viaje que tenía pendiente para reencontrase con su pareja luego de varios meses sin verlo, pues tuvo q emigrar a la costa en busca de un mejor sustento.
Siempre supo que ella tenía ojos para otro y que él era solo una buena persona, solidaria y generosa en sus acciones; consciente de su realidad decidió velar por su seguridad como lo hacia cada noche y la embarcó en el autobus no sin antes descubrir que ella lo miraba diferente, talvez por compasión, ternura o gratitud, era una confusión de sentimientos de ella y de él. Entonces ocurrió lo que pasa en esos casos: miradas que hablan y sonrisas que enamoran llevaron al primer beso. Aquel instante quedó grabado en el lado reptiliano de su cerebro porque el límbico ya fue tomado por esta mujer desde aquella tarde. No recordaba un beso tan intenso desde el 2013 cuando se enredó con una fénima salvaje, ya que estos los últimos 3 años había pasado solo.
Ella sintió una emoción extraña pero le gustó a sabiendas que en pocas horas estaría en brazos de su pareja, se miraron nuevamente con esa risa pícara, como aquel niño inocente que ha mentido y no sabe como enfrentarlo. Fue un beso largo de esos que derrochan sentimientos reprimidos con hambre atrasada y fogosamente humedo, al punto que ambos reaccionaron pues alrededor los viajeros frecuentes vívian en ebullición y volvieron a la cruel realidad. Un abrazo de despedida de esos que crujen los huesos, los que duelen el cuerpo por querer, mas no que duelan porque el alma extraña.
La recogió a su llegada 48 horas después, sin hacer preguntas porque no quería las respuestas, ella evitó detallar lo sucedido pero se besaron igualmente como la primera vez; entonces se sintió como Florentino Ariza y la vió a ella como Fermina Daza, los personajes de García Márquez en "El Amor en los tiempos del Cólera"; y es que en su extraña forma de quererla creía que podía esperarla como lo hizo Florentino a su Fermina moderna, a punta de cartas de amor y besos furtivos.
Los días pasaban y ambos se sentían necesarios, los besos se transformaban en afectos y sentimientos, como si la relación fuera de verdad y perenne en el tiempo, sin contar que ambos descubrían demasiadas cosas en común y aficiones que iban desde la música hasta la comida, llegando incluso a desear un hijo, algo que para él fue sorprendente. Le preguntó directo y sin rodeos: "Tendrías un hijo conmigo?"... esperaba una respuesta algo esquiva o negativa, más fue todo lo contrario. "Pues claro que lo tendría contigo porque no, eres un tipo inteligente, sensible y educado". Sintió entonces que las piernas le temblaban de emoción y evitó dar señales de su debilidad emocional; lo deseaba hace tanto tiempo y ninguna mujer lo había tomado en serio que se perdió en la vía mientras conducía a recoger a sus hijos donde el padre.
Sus pensamientos se mezclaron entre la urgencia de tenerla, de amarla o de adorarla, pues la había soñado varias veces en sus noches húmedas pero fue cobarde para contarle, porque nunca quizo romper la magia, jamás había traspasado la leve frontera de su piel y su deseo no era poseerla sino vivirla, no quería acostarse con ella sino levantarse cada mañana y hacerla feliz; el sexo era el complemento de sus sentimientos y ella se lo dijo muy claro de siempre; no llevaría una doble vida, no quería engañar a su Manu, pese a que de alguna manera lo hacía besándose con un extraño que apenas conocía un par de meses.
Al acostar a sus hijos miraba al cielo y le pedía a su "papaito" la ilumine y le dé señales de qué hacer frente a este extraño que vino a sacudir su vida: "quien coño te dió derecho de mover mis sentimientos y encoñarme la vida"... No quería dejar a su Grandote porque lo quería de verdad y no existía motivos para hacerlo, pero este ser taciturno y meditabundo tenía ternura porque la acariciaba con sus palabras y la protegía con sus gestos; siempre pediente de ella jubagaba con sus hijos y encontraba la forma para alivianar el peso de la carga, sea con trámites burocráticos, la búsqueda de una mejor escuela para los chicos hasta llevarla al médico. Y es que este hombre parecía muy seguro de sus sentimientos hacia ella y eso le daba seguridad, su sentido de protección y cuidado la abrumaba, pues no pedía nada a cambio, algo raro en los hombres hoy en día.
El se desesperaba por acogerla, siempre pendiente de ella y los niños, le bastaba saber que estaban bien para sentir alivio, su Brujilda como la sorprendió llamándola en un momento, se había convertido en su debilidad, bastaba un mensaje o llamada para acudir en su auxilio y eso lo hacía feliz, con pequeñas migajas de afecto porque siempre supo que ella no podía darle más, mientras exista el otro.
No podría abandonarla jamás, la quería tanto que incluso llegó a decirle que algún día, de algún momento, de algún mes, de algún año, la llevaría a vivir con él; se imaginaba llevar al Cole a los niños, dejar a su amada en el trabajo y ser el hombre más feliz, sencillamente pudiente, no necesitaba mayor riqueza que el amor de esta nueva mujer que le cambio la perspectiva de su viaje a la vejez.
Una tarde de domingo había preparado con todo su amor y afecto, un almuerzo a lo italiano: pasta a la boloñesa y ensalada mediterránea, cada ingrediente y momento de cocción estuvo lleno de emociones porque para él, cocinar para alguien es realmente especial y mágico, pues al igual que el sexo, la comida tiene los ingredientes del amor: sabor, olor, tacto y color; era la mejor manera de decirle TE QUIERO DESDE EL CORAZÓN, la pasión no estuvo lejos de la mesa y un eterno beso subió la temperatura de ambos porque sintieron elevarse del piso, como aquella escena de la película "El lado oscuro del corazón" cuando Oliverio Girando besa apasionadamente a Ana y ambos se suspenden en el aire.
Más todo cuento de Hadas tiene su final no feliz, ella reflexionó que rebasaba su propio límite y si seguían tentándose, terminarían irremediablemente juntos para siempre. Aquello no estaba en sus planes y siempre más cerebral le dijo: "No puedo ofrecerte algo que no puedo darte, no puedo elegir entre tú y él, pues no hay razón para escoger, eres un ser maravilloso, sensible, tierno y bondadoso, pero el otro es muy esepecial en mi vida y no hay motivo para dejarlo."
La escuchó en silencio por varios minutos que le parecieron eternamente crueles pero siemre supo que ese sería su final, sus palabras ciertas y reales, fueron un palazo para su corazón y no pudo contener las lágrimas que se deslizaron furtivamente pese a que luchaba en su interior para no mostrar su pena. Ella tenía razón pero así son las historias de amor imposibles, así que el silencio se apoderó del salón y se borró la alegría de su rostro, mientras ella intentaba distraer el momento con cosas mundanas y domésticas, pero era consciente del golpe para él.
Recuperó algo el aliento pero no le salieron las palabras y evitó seguir haciendo el pobre papel del segundo plato y ella lo adivinó así que decidieron darle prisa al mal paso. Fueron por los niños y recorrieron la ciudad en busca de la normalidad, incluso disfrutó con los pequeños porque amaba a los niños y su paternidad frustrada salía a flor de piel, con esos hijos maravillosos que por un momento los tomó como propios para jugar a la familia feliz.
Los dejó en casa al final del día pero se fue hacia el fin del mundo y sin reparar el camino partió sin rumbo cierto, buscando respuestas para sus besos usados y el fantasma de su Brujilda lo acompañó por siempre porque no podrá olvidarla, se había impregnado en sus poros y su lengua conjugaba el sabor de su boca para alimentar eternamente aquel deseo frustrado.





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